top of page

Siempre sucedía lo mismo, a veces con distintas variaciones. Llegar a un lugar sin darse cuenta, y casi siempre olvidar el nombre de mencionado paradero. Recordaba haber tomado un barco luego de haber estado deambulado sin rumbo aparente en un extenso bosque lleno de luces, voces y demás criaturas entre conocidas y desconocidas. Los kodamas nunca habían dejado de seguirle, y, curiosamente, era consciente que una voz le había guiado en todo momento. Ahora el paisaje había cambiado drásticamente, aunque seguía sintiéndose en el aire cierta brisa de calma que realmente le agradaba mientras inspiraba profundamente en aquel gran campo lleno de cultivos.

Verduras a lo largo del paisaje, hortalizas que eran difíciles de identificar, el aroma a tierra y trabajo mientras recorría con calma entre los senderos estrechos. Ahí estaba entonces otra voz, diferente a la que había escuchado en el bosque, pero que de igual manera lograba incitarle, como si fuera tan difícil, a seguir avanzando.

Se encontró pues con un lugar extraordinario, y la voz misma se hizo más clara y más limpia. Un arco adornaba la entrada, y de fondo un templo que emanaba calor agradable pero intenso. El muchacho siguió avanzando, curioso por naturaleza, y cuando ante el altar estuvo, de piernas cruzadas en el suelo se colocó, guiado por las instrucciones de aquella sabia entidad.

-¿Sabes quién soy?- Retumbó en sus oídos, un tono femenino de imperiosidad que pedía disciplina y firmeza.

-Creo… creo que sí lo se…- Respondió, fascinado, sin temor alguno mientras su mente se ponía a trabajar. -… Es… interesante al fin poder escucharle, si me permite decirlo… Señorita Amaterasu…

La deidad resopló, complacida, agradecida por haber sido reconocida con tanta facilidad. Tras leve momento de estudio intenso, hacia aquel loco de pies descalzos y vista cansada volvió a dirigirse.

-¿Sabes por qué te traje aquí?- Volvió a cuestionarle, con esa voz profunda pero, en cierta medida, amable.

-Temo… que no lo sé…- Contestó a su vez el loco, con cierta vergüenza en su rostro, sin llegar a notar siquiera que en su pupila su Sharingan comenzaba a formarse.

-Te diré entonces. Presta atención, viajero, portador del dojutsu de los Uchiha-

El suelo vibró levemente, y entonces las llamas negras estallaron alrededor del chico, quien no se intimidó ante tal fenómeno, pero si pareció asombrarse con tal espectáculo.

Las imágenes eran completamente increíbles. Pero la historia que contó la deidad no fue para nada bonita. El muchacho, con tristeza, observó una guerra entre las llamas, y una región dividida y resentida por el pasado. Contempló parte de la historia de aquel lugar, y parte del dolor que algunos llevaban arrastrando. Y aunque no todo fue malo, un desenlace catastrófico amenazaba con volver grises los grandes campos verdes.

Cuando el relato acabó, las llamas se apagaron bailoteando aún en sus últimos instantes, y ahora un hilo de sangre recorría las mejillas del chico que analizaba lo que había visto. El loco limpió con la manga el líquido mencionado antes, sintiendo ligero ardor en sus orbes debido a la técnica utilizada. A pesar de que estaba claro lo que debía hacer, no pudo sino evitar preguntar, pues ahora mismo lo atenazaba la duda de porque a alguien tan de poca utilidad como él se le había encargado tan tremenda labor.

-¿Qué debo hacer, Señorita Amaterasu?...- Inquirió preocupado.

-La respuesta a eso ya la sabes, viajero.- Respondió esa voz, con ligera pizca de compasión. Ella sabía, mejor que nadie, que el camino sería duro. Pero aquella región necesitaba un líder. Y aquel excéntrico, de alguna forma u otra, se había ganado el derecho a tal puesto. –Sabes también que no será sencillo-

-… Pero… ¿y si no lo logró?... No soy lo suficientemente fuerte… Temo que se ha confundido de persona, no soy la indicada… no puedo ayudar a nadie…-

-Entonces aceptaré que me he equivocado- Tajante, la deidad contestó a las dudas del muchacho. –Pero hasta entonces, seguiré segura de haber hecho una buena elección-

Era difícil, tendría que repasar muchas cosas, leer muchos libros, acostumbrarse a nuevas ideas, entender muchos conceptos… Dirigir un pueblo… Jamás habría podido imaginarse, en las muchas vidas que había pasado, que tal cargo caería en sus hombros…

-Está bien… acepto, Señorita Amaterasu… Me esforzaré por usted… porque ha creído usted en mí…-

Cuando caminó en el pueblo. Cuando se dirigió al palacio. Cuando trató torpemente de saludar a los pobladores… todo mundo le dirigió la mirada, y nadie trató de detenerlo o cuestionarlo. Le ponía nervioso sentir tantos ojos encima, pero ahora el chico tenía una misión, y no tenía intención de fracasar sin intentarlo.

-Unirnos en uno solo… mmm… creo que… debería anotar el nombre de este lugar…-

bottom of page